Alicia en el País d F. Adriá

Publicado por redaccion el Abril 30th, 2008 a las 06:51pm

Era un fin de semana perfecto. Uno de los rincones más bellos de Cataluña, el Cap de Creus, de curvilíneas montañas llenas de pinos y amarilla genista rodeadas por un mar turquesa y brillante, nos recibía sin el viento habitual. Como broche de lujo a tanta suerte, una casualidad nos permitió colarnos en “El Bulli”, el restaurante de la alta cocina, el espacio para el experimento. Estábamos en el umbral de un mundo de sensaciones, salpicado de colores muy vivos. Sin preparación alguna, íbamos a digerir con calma cucharaditas  de  un intelecto concentrado en un plato inmaculado.

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Como sería impreciso detallar mi experiencia culinaria, he preferido contar el viaje personal, una excursión que me llevó hasta mi infancia y me hizo protagonizar escenas de cuentos imposibles. En un instante,  sentada en la terraza del restaurante, donde el mar se dejaba arrastrar hasta la orilla, me convertí en Alicia en el País de las Maravillas. Por arte de magia atravesé el espejo y…soñe.


Sin decidirlo, me vi pescando en la playa, pero el mar era diminuto y había mudado de color, ahora era de rosa grosella y sabía dulcísimo. Estaba lleno de espumosas nubes que habían caído del cielo (creo que eran de marshmallow, como las que comían los niños de Enid Blyton) y yo fui gigante tratando de agarrar las nubes que se desvanecían.
Aún frente al mar, apareció un conejo blanco que me dijo, mientras se reía, que sus orejas eran comestibles y que si quería, podía darle un mordisquito. No debía tener miedo, porque era un conejo de cuento y nada podía lastimarle…y lo hice…sabía crujiente. Yo también me reí. Nos fuimos juntos de la mano a buscar más sorpresas en aquel lugar. Me ofreció unas aceitunas mágicas, grandotas, de un verde brillante. Me contó que tenían un secreto en su interior, pero que solo los que conservaban el espíritu de la infancia  podrían percibirlo. Dudosa, probé. Justo al hacer presión con el paladar, una explosión en mi interior me lanzó de cabeza por uno de aquellos acantilados que me llevó en segundos frenéticos hasta el fondo del mar donde una sensación de frescor me invadió por completo…Cerré los ojos, aturdida pero feliz.
Más tarde, mi nuevo amigo sacó de su sombrero unos botones de cacahuete regados con curry y me los tendió para que los saboreara: si no los comía en el momento preciso, su sabor cambiaría, me advirtió. Sus palabras me recordaron muchas cosas importantes en la vida y por si acaso, las tomé al instante. La sensación fue cambiando en mi boca, como el sabor del buen vino, como la fragancia de un perfume…
Como el conejo hablaba muy rápidamente y no paraba de correr, decidí abandonarle un rato y sentarme a la sombra de un árbol a descansar. Había un libro abandonado a mi lado. Lo abrí con avidez de lector y con sorpresa me dí cuenta que sus páginas estaban hechas de algodón. En mi curiosidad, acerqué el libro a mi nariz y de pronto el olor me transportó a un verano de hace muchos años. Había un gran jolgorio a mi alrededor, estaba en el atardecer de una verbena de pueblo. A mi lado, había un puesto de chucherías y en él, un hombre  daba vueltas con un palo de madera para tejer una telaraña de algodón dulce. Me quedé extasiada. Mientras, el libro comenzó a hablar. Oí que me decía: “cómeme” y yo obediente arranqué una página y me la llevé a la boca. En su interior estaban bordadas pequeñas flores de primavera y a cada mordisco, mi alrededor se teñía de un color diferente: ahora  rojo, amarillo, rosa, violeta, azul… En rítmica combinación, aparecía en la partitura un nuevo sabor, otra  sorpresa más…En ese momento sentí de verdad que la vida crujía y desaparecía tragada por mi curiosidad.  “Y ahora atrapa ese regalo que tienes a tus pies”, y así continúo mi festín con un fondant de frambuesa. ”Despacio, muerde, saborea, respira y luego toma un poquito de esta salsa de vinagre, vuelve a morder, así …¿no has visto cómo cambia tu vida cuando le añades un ingrediente más?”
No quería marcharme de la infancia en la que me hallaba, aquel momento en que el cual todo era posible…así que creo que fui yo quién soñé que me bañába en una piscina dorada y reluciente. El agua era especial, tenía dos colores marrones, era de trufa y de chufa, y en medio había una balsa en la que yo me mecía. De repente tuve otra visión, la de mi madre, cuando dejaba en remojo las chufas para sus niños mientras yo las iba comiendo medio a escondidas.
Pronto la balsa se trasladó al mar abierto para luego desaparecer, ya que había perdido su lugar en el cuento. Y entonces jugué con las olas a  través de otro regalo, un platillo con una ostra en el centro sazonada con aire, mar y limón. Al probarla, tuve un momento de terror, ya que abrí la boca justo cuando una tremenda ola venía hacía mí. Tragué mucha agua, tosí, sentí que me ahogaba… pero  inmediatamente, me convertí en pez y continué mi viaje  dibujando burbujas de aire bajo el mar…
Después de mi rato junto al árbol, me marché a pasear por enormes prados silvestres, en un país en el que las judías crecían enormes y se mezclaban con panceta y ajos negros, en un contraste sin fin. También había anacardos silvestres, que sufrían los embites de un ejército de cucharas que les arrebataban todos sus sabores de una vez. Me parecían unos personajes estrambóticos, ¿serían los soldados de la Reina de Corazones? me acercé a ellos porque decían algo. Repetían una adivinanza que no comprendí:
“Almendruco es una bebida, un confitado, es la niñez de una almendra…Almendruco no solo es truco”.
Mi mente se iba llenando de toda la paleta de colores de la primavera y éstos a su vez se transformaban en ingredientes que yo podía comer:
el rojo era cuscús de tomate, el amarillo aceite sólido y el verde sorbete de albahaca. Las puntas de espárraqo de distintas texturas eran regadas por una lluvia celestial. El sol derretía bolitas heladas de una nieve amarilla que al deshacerse se convertía en yemas de huevo. Los nenúfares de un estanque estaban hechos de mitades de guisantes y en el centro plantada, había una alcachofa dorada, su corazón palpitante.
Me mareaba, todo daba vueltas a mi alrededor, o quizás era yo que seguía disfrutando del tiovío multicolor de sabores exóticos y de sensaciones reencontradas del que no quería bajarme. Seguí viajando hasta que se abrieron las luces o sonaron las campanas de medianoche. Entonces, abrí los ojos y sonreí, el cuento se había acabado.

El Bulli, todo un lujo para alguien con la suerte de llegar hasta allí. La experiencia es un sueño o un viaje para aquel con la curiosidad suficiente para dejarse llevar por el momento y traspasar el espejo entre la realidad y la poesía. Un viaje tan intenso que te lleva incluso hasta el sabor más esencial, el de la propia niñez.

Categorías: General: muy pQliar + la mirada pQliar

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